sábado, 21 de junio de 2008

CRYSIPO Y LA JUSTICIA


¡Para ser justo, es suficiente con querer serlo!
Plutarchos. Cato Minor. 44.

Dice Crysipo que tres caras tenía Themis, la Diosa de la Justicia. Una cruel y ciega con ojos vendados. Otra sin la faja negra, era benigna y equitativa. La tercera cara seria y enojada, estaba oscura por la sombra de una espada, que la diosa llevaba siempre entre sus manos.

Las tres caras prometían justicia: la ciega, sólo una a la «frentana»; la sonriente una equitativa; y la irascible con la espada, se hizo famosa por su justicia catoniana y pisoniana.

En los anales de la antigua Roma, cada semblante de Themis tenía su propia historia.

En la ciudad de Frentano, pueblo vecino a Cliternia en la costa adriática, por razones de seguridad, bajo pena capital era prohibido a los extranjeros subir a las murallas durante la noche.

Un ciudadano de Capua, en su viaje por razones de comercio, atrapado por el cansancio del camino tan largo, quedó a pernoctar en Frentana; pero durante la noche despierto por la incesante orquesta de cigarras y por el sofocante calor, salió de su taberna, y subió las murallas, en busca de la calma de alguna afable brisa, que en la noche siempre solía soplar del mar. Sempronio, el capuense, apenas llegó a la cima de los muros, observó que en los alrededores estaban los Teanios de Apulia, intentado tomar de sorpresa a la ciudad con sus habitantes, sumergidos éstos en el profundo sueño de verano.

El peregrino capuense corrió entonces desesperado hacia abajo y con gritos estridentes alarmó a la soñolienta ciudad.

Los frentanos en los primeros momentos dominados por el pánico, muy pronto enfrentaron con valor a los Teanios, y lograron rechazarlos.

Al día siguiente los magistrados de la ciudad de Frentana al son de trompetas y clarinetes dieron al huésped de Capua las gracias, otorgándole —por medio del sacrificio de cien ovejas— la «ovación» correspondiente y también el titulo codiciado: Salvador de la Patria. Sempronio el capuense, sin embargo no gozó durante mucho tiempo de su fama y título, porque ya en el día, que siguió a la gran fiesta, los mismos magistrados procesaron al huésped, y aplicaron contra él las sanciones de la Ley, que bajo pena capital prohibía subir a los extranjeros durante la noche a las murallas. Como final del proceso, al comerciante capuense Salvador del Pueblo, con el vitoreo del mismo pueblo, le cortaron la cabeza. Los magistrados de Frentana, ni se dieron cuenta de que la actitud de ellos constituía una cruel afrenta, un «Summum Jus» y, precisamente por ello, una «summa injuria», un acto de justicia sin misericordia porque estaba ciega...

Cómo la justicia sin venda observa con ojos bien abiertos la balanza, y juzga equitativamente, nos refiera Valerio Máximo.

Dice que cuando Dolabella era procónsul en Cilicia, presentaron ante su tribunal una mujer, que envenenó a su marido. Ella no lo negaba pero sostenía que su acto era justo, pues su marido a su vez dio muerte a su hijo, que ella tuvo de su primer matrimonio.

El Consejo de Dolabella estaba confundido y no se animaba a juzgar un asunto tan delicado. Por ello, el precónsul optó por remitir el caso al afamado tribunal de Atenas.

Los Areopagitas, escuchando atentamente la causa, consideraron que seria injusto dejar impune un asesinato, pero también castigar a una culpable digna de perdón. Por todo ello resolvieron prorrogar el litigio y decretaron que la acusada fuera citada para oír la sentencia cien años después...

Acerca de la tercera e irascible cara de la Justicia con espada, nos refiere Frontino, que M. Catón, en su carácter de jefe de la flota romana, en una oportunidad, próxima a dejar una playa enemiga, donde se había detenido unos cuantos días, había dado tres veces la señal de partida y luego había levado anclas.

Un marinero atrasado llegó a la orilla suplicando con gritos y ademanes que lo recogieran. Catón mandó a volver a la flota e hizo levantar al soldado, pero ordenó luego su suplicio. Prefirió que el soldado sirviera de ejemplo al ejército y no de víctima a los enemigos. Iracunda es la justicia que está ceñida con arma; pero, para demostrar que un iracundo no puede ser justo, citaremos aquí el afamado caso del autoritario y siempre colérico general romano, Pisón.

Refiere Séneca que éste, en un momento de ira, había ordenado que llevaran al suplicio a un soldado que había vuelto del forrajeo sin su compañero. Lo acusaba de haber dado muerte a su compañero, al que no podía presentar. El soldado desesperadamente le suplicó que le concediese algún tiempo para buscarlo, pero Pisón el general se lo negó. Llevaron entonces al infeliz soldado fuera del campamento y, tendía ya su cuello para la espada del verdugo, cuando repentinamente apareció el otro, a quien suponían muerto.

El Centurión, encargado del suplicio, suspendió entonces la ejecución y llevó al condenado al general, para demostrar al juez su inocencia, y devolver al inocente la vida.

Inmensa multitud de soldados seguían a los dos compañeros, que marchaban abrazados y alegremente hacia el toldo del general.

Pisón se lanzó furioso a su tribunal y mandó a llevarlos al suplicio, esta vez, a los tres. Al que no había matado, al compañero que no había sido muerto, y al centurión, que escuchando la voz de la razón y de su conciencia, no había ejecutado la pena.

Decidido quedó que perecieran tres hombres, a causa de la inocencia de uno de ellos.

—¡A ti —dijo Pisón— te mando a la muerte, porque has sido condenado! A ti, porque has sido la causa de la condena de tu compañero. ¡Y a ti, Centurión, te mando a la muerte, porque habiendo recibido orden de matar, no has obedecido a tu general!

De esta manera imaginó Pisón tres delitos, porque no encontró ninguno, entre los tres inocentes, observa acertadamente Séneca.

Tres caras tenía Themis, la Diosa de la Justicia en la antigua Roma. Una cruel y ciega, que privada de vista, no podía ser libre, sino esclava de la letra, como era la justicia frentana.

La otra cara, con gesto abierto, contemplaba las cosas con ojos de águila, y sus sentencias, con sonrisas y miradas de soslayo, acompañaban el espíritu de la Ley, como era la de los areopagitas.

La tercera cara era la rigurosa Catoniana, y la irascible Justicia Pisoniana, justicia pisoteada, típicamente inhumana.

Todos los semblantes de Themis nos demuestran claramente que en el templo sagrado de la Justicia Romana también se cometieron más de una vez sacrilegios; quizás por ello escribieron los romanos sobre la puerta de un templo el afamado dicho socrático :»Kakion einai to adikein tou Adikeisthai!» ¡Peor es cometer la injusticia que soportarla!