sábado, 21 de junio de 2008

ANTIGUOS HONGÓFAGOS


La metempsicosis o migración del alma durante la vida no era una creación de Pitágoras sino una doctrina antiquísima de origen egipcio, ceremonia sacroreligosa al servicio del bien público, que por medio de los sacerdotes escitas llegó a Grecia, para ser incorporada luego, al culto de Dionisio.

Estos sacerdotes, llamados Sahmanes del dios, tenían por costumbre adivinar observando los huesos agrietados de caballos blancos sacrificados; pero especialmente estaban para brindar informes auténticos y útiles al ejército por medio de raros y misteriosos viajes realizados sólo con el alma, que a este fin provisoriamente tenía que abandonar el cuerpo.

Esta separación del alma la hacían en una ceremonia que consistía en un fiesta órfica. Los candidatos al viaje, o como los griegos los llamaron myké phagos (‘comedores de hongos’), se preparaban con largos ayunos para la fiesta principal, en la cual después de un baile religioso y al son de cantos marciales, comían el hongo de la despedida, la Amanita muscarina, conocida entre nosotros con el nombre de «oronja falsa», hongo colorado con lunares blancos, sumamente tóxico.

Por efecto de los triples venenos muscarina, atropina y bufotenina, el cuerpo de los sacerdotes se sumergía en un largo y profundo sueño pero el alma salía y emprendía su migración con los sentidos despiertos, entre las naciones vecinas.

Dicen que estos sacerdotes de las fiestas órficas se despertaban en el momento en que sus almas fatigadas por el viaje, volvían a descansar al cuerpo desanimado y al despertar contaban extrañas historias. Dieron datos importantes a su pueblo, por medio de los cuales más de una vez ganaron en circunstancias inexplicables guerras y batallas.

La fiesta no estaba exenta de peligros y hasta ocurrió que terminó con la muerte, pues el alma errante, a veces se olvidaba de volver y abandonaba en forma definitiva el cuerpo envenenado.

Refieren los antiguos que la oronja más de una vez era thanatopoios, ‘mortífera’, y por ello el culto de Dionisio reemplazó al hongo por el vino, que sin desanimar el cuerpo, podía causar el mismo profundo sueño pero no levantar el último velo el alma, que quedaba sin cumplir el deseo de salir de su cárcel provisoria.